El lienzo del olvido
La casa no siempre fue una ruina. Alguna vez tuvo el aroma del pan de maíz y el color de las flores de azahar. Pero el día que Julián se marchó a la ciudad, persiguiendo promesas de cristal y asfalto, el tiempo se detuvo en la entrada. Elena, que entonces aún tenía fuerza en los brazos, vio cómo la puerta se henchía de humedad y tristeza, hasta que un día las bisagras cedieron y la entrada quedó abierta, como una herida que no cierra.
Los años pasaron. Elena se volvió pequeña y frágil, mientras las paredes de la casa se descascaraban como piel vieja. Sin puerta que la protegiera del frío y de las sombras que acechan en el monte, encontró refugio en el sótano: un hueco húmedo bajo los tablones del salón donde guardaba el eco de sus recuerdos. Allí, entre el miedo a los ruidos de la noche y el frío de la tierra, pasaba las horas rezando, esperando un regreso que no llegaba.
Un atardecer, un pintor viajero pasó por el camino. Al ver la estructura colapsada, la ausencia de la puerta y la luz dorada filtrándose entre las vigas rotas, quedó enamorado. No vio el hambre, ni el abandono; vio "arte". Instaló su caballete y pintó "La Casa del Silencio", una obra maestra de texturas grises y luces melancólicas.
Meses después, en una plaza lujosa de la gran ciudad, el cuadro fue expuesto. Julián, que ahora vestía de seda pero sentía el alma hueca, se detuvo ante el lienzo. Sus rodillas temblaron. Reconoció la caída del techo, la forma de la ventana... y aquel vacío oscuro donde debería estar la puerta. El cuadro no era arte para él; era un retazo de su propia alma.
Esa misma noche, mientras Julián conducía desesperado de regreso, un tornado furioso atravesaba el pueblo. El viento, como una bestia invisible, arrancó lo poco que quedaba del tejado de la vieja casa.
Cuando Julián llegó al amanecer, solo encontró un esqueleto de madera y barro. El silencio era absoluto. Desesperado, gritó el nombre de su madre entre los escombros, removiendo maderas podridas y vidrios rotos. Nadie en los alrededores sabía de ella; la daban por perdida entre la maleza.
Julián cayó de rodillas sobre el suelo del salón, justo donde el cuadro del pintor mostraba el vacío. Sus lágrimas mojaron la madera rota. Entonces, entre sus sollozos, escuchó un arañazo. Un gemido débil, casi un susurro de ratón, provenía de sus pies.
Con una fuerza nacida del arrepentimiento, Julián tiró de una argolla oxidada oculta bajo los restos de una alfombra. Al levantar la pesada puerta del sótano, la luz del sol iluminó el rostro de Elena. Estaba allí, acurrucada, temblorosa y atrapada por los escombros que el viento había amontonado sobre la entrada.
—¿Eres tú, hijo? —susurró ella, estirando una mano que parecía papel de seda.
Julián la sacó de la oscuridad, envolviéndola en un abrazo que intentaba reparar años de ausencia. Lloraron juntos bajo el cielo abierto, donde antes hubo un techo. Esa mañana, Julián entendió que ninguna ciudad era más grande que el perdón de una madre, y juró que, a partir de ese día, su casa volvería a tener puertas, pero que ninguna volvería a cerrarse para dejarla fuera.
Escrito por: Rosa de la Aurora
Costa Rica
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Amiga, alguna vez te dije que me resultaban tus textos de una gran delicadeza, pero debo agregar que tenés una enorme capacidad de relatar con talento aquello que parece simple, pero que desde tu pluma tiene profundidad.
ResponderEliminarEn este relato veo la casa como una metáfora del alma, es decir del vínculo entre madre e hijo. Y los contrastes entre ruina y belleza son muy poéticos.
Tu escritura es muy sensorial y de estupendo ritmo.
Un abrazo.
Me emociona mucho tu comentario, amigo. He de agradecer a mis padres y al Creador por esta sensibilidad que me han dado para poder ver el mundo desde una perspectiva más humana. Me motiva enormemente saber que puedo tocar almas a través de mis palabras, porque entonces mis textos cobran sentido y hacen que todo el esfuerzo valga la pena. Muchísimas gracias. Un abrazo de luz.
ResponderEliminarMe gusto mucho tu historia. Da mucha pena Elena y me gusto la actitud de Julian. Te mando un beso.
ResponderEliminarMuchas gracias, amiga. Me llena de gusto saber que disfrutaste mis letras con tanta sensibilidad en el alma. Un beso también de regreso.
EliminarMe encantó
ResponderEliminarUna historia hermosa.
Saludos, Rosa de la Aurora 🌃
Hola, Iván! Tu comentario me hace muy feliz. Muchísimas gracias. Saludos para ti también.
EliminarWoww., querida Aurora, una historia divina,
ResponderEliminarme ha encantado, escribes lindo.
Besitos dulces
Siby
Me alegra mucho que te gusten mis letras, amiga Siby. Es un honor tu presencia y dulzura en mi espacio.
EliminarMuchísimas gracias.
Besos para ti.
Tu relato me ha conmovido y gustado mucho Rosa, me alegra haber llegado a tu casa y oider disfrutarlos
ResponderEliminarUn abrazo
El gusto es mío, Stella.
EliminarGracias por venir a mi casa de letras y siempre serás bienvenida.
Me emociona enormente, saber que mis letras pueden tocar corazones bondadosos y bellos, como el tuyo.
Un abrazo.