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lunes, 8 de junio de 2026

Alguien te espera: Relato de suspenso y terror psicológico-Rosa de la Aurora

Silueta espectral de una mujer flotando en un pasillo oscuro de madera en una casa de montaña bajo la lluvia.

Alguien te espera 

Hay lugares hermosos, pero que se sienten extraños. Se nota en el aire apenas uno entra por la puerta; una sensación diferente, como si el espacio estuviera lleno de miradas que no se ven, pero que me erizaban la piel. Acepté el trabajo de cuidar la vieja propiedad durante la temporada de lluvias porque buscaba paz. Pensé que el silencio de la montaña me vendría bien para descansar, pero pronto comprendí que en esa casa el silencio nunca estaba realmente vacío.

Las primeras semanas transcurrieron entre el ruido de la madera provocado por el viento y el agua chocando contra los vidrios, pero pronto las cosas empezaron a cambiar. A veces, al recorrer los pasillos por la tarde, encontraba las ventanas de las habitaciones del fondo abiertas de par en par. Eran cuartos cerrados cuyas llaves solo yo cargaba en el llavero. Los cerraba con cuidado, sintiendo un frío helado en los dedos, solo para regresar al día siguiente y encontrar los picaportes cedidos, como si alguien insistiera en dejar entrar la neblina.

Luego vino lo de los cristales. Una mañana, al entrar al baño, encontré un montón de vidrio quebrado en la pila del lavatorio. Eran restos de un bombillo. Lo curioso, lo que me puso los pelos de punta, fue ver lo juntitos que estaban los pedazos, bien acomodados en el fondo. El portalámparas del techo estaba sano y, además, quedaba como a un metro de distancia. No había forma de que los vidrios cayeran ahí por accidente. Era como si alguien los hubiera recogido uno a uno en la oscuridad para dejarlos ahí, como un aviso de que no estaba solo.

La vibra se volvió insoportable. Los pocos viajeros que se quedaban a pasar la noche por las tormentas del camino no lograban aguantar hasta el amanecer. Algunos afirmaban haber visto a una niña pequeña y rubia, vestida de blanco, jugando sobre los portones de las cercas que rodeaban el lugar; y por la noche, esta niña entraba a sus sueños y se convertía en un infernal caballo negro que los atacaba con sus cascos y los perseguía. Recuerdo una pareja que bajó corriendo antes de que saliera el sol, pálidos y con las maletas a medio cerrar. Dijeron que el aire del cuarto los ahogaba y que en la madrugada sintieron que la cama se despegaba del suelo, subiendo con fuerza hasta pegar contra el techo. Se marcharon bajo el aguacero; prefirieron la tormenta antes que quedarse un minuto más en ese cuarto.

Pero lo más espeluznante me tocó vivirlo a mí. Una noche que me quedé completamente solo, me acosté intentando apagar la mente, escuchando el agua caer, que ya de por sí sonaba como miles de cantos de una mujer en la distancia. Cuando por fin me estaba durmiendo, caí en una pesadilla horrible, de esas que te atrapan el cuerpo. Soñé con una mujer muy flaca, de dedos larguísimos, que abría las puertas despacio y metía sus largas uñas en la oscuridad de mi cuarto, buscándome. Me desperté de golpe sudando frío, con el corazón queriéndose salir del pecho.

Fue ahí cuando el verdadero terror me congeló. En el pasillo, fuera de mi puerta, se escucharon unos pasos claros y pesados que avanzaban sin prisa sobre la madera. Venían hacia mí. Entraron a la habitación y caminaron directo hasta detenerse exactamente a la par de mi cama. El aire se volvió tan helado que me dolió respirar. Sentí la presencia viva, el calor ajeno de alguien de pie agachándose sobre mí en la penumbra. Era una sensación tan real y perturbadora que se me erizó la piel por completo y se me cortó la respiración.

Me armé de valor y abrí los ojos en medio de la oscuridad. No había nadie. El cuarto estaba vacío, pero la presencia seguía ahí, flotando a la par mía, mirándome fijamente. El miedo me caló hasta los huesos porque supe, sin ninguna duda, que aquella sombra me vigilaba desde el silencio, esperando que volviera a cerrar los ojos. 


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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domingo, 24 de mayo de 2026

La luna del silencio: El lenguaje de lo invisible-Rosa de la Aurora

imagen de una luna de cemento en la pared para representar el cuento la luna del silencio de Rosa de la Aurora

La luna del silencio: 

El lenguaje de lo invisible


En mi barrio las casas siempre están cambiando. Un día alguien pinta una fachada, otro día levantan una tapia o pegan piso nuevo. Pero en la casa de Doña Rosa había una pared que se había quedado detenida en el tiempo. Ella me mandó a llamar una tarde; sabía que yo siempre andaba entre pinceles, y necesitaba que la ayudara con algo que para ella era sagrado.

​Cuando entré a la casa, vi que una parte estaba recién remodelada; olía a pintura fresca y a limpio. Pero en una de las paredes principales, justo en el centro, había un parche de cemento gris, tosco y sin pulir, que no cuadraba con el orden del resto. Doña Rosa se quedó mirando ese rincón con los ojos nublados y me dijo:

​—Vea, esto lo estaba haciendo mi hijo días antes del accidente. Él me decía que me estaba preparando una sorpresa, que me iba a traer un pedacito de cielo a la casa... y me dejó esta luna pegada aquí.

​Era una luna de cemento, hecha a puro pulso. Doña Rosa me confesó, casi con vergüenza, que la veía "rara". Ella estaba acostumbrada a ver las lunas de los almanaques, redonditas y planas. En cambio, esta tenía huecos, bultos y una textura carrasposa que a ella le parecía extraña. Los albañiles que hicieron la remodelación le rogaron que la dejara quitar para que la pared quedara "perfecta", pero ella se les paró en seco. Esa luna era lo último que las manos de su hijo habían tocado antes de que aquel accidente de tránsito se lo llevara para siempre. Era su última huella.

​Al acercarme y tocar el relieve áspero, sentí un escalofrío. El muchacho no había pegado cemento por pegar. Al pasar mis dedos por las grietas, comprendí su genio: había usado cemento gris oscuro para las sombras de los cráteres y un repello más claro para dar los toques de luz. Estaba reproduciendo la cara real de la luna, con sus valles y sus montañas de polvo. No era un adorno, era una escultura técnica hecha con puro amor.

​—Doña Rosa —le dije, y se me quebró un poco la voz—, su hijo no estaba haciendo un dibujo cualquiera. Él le estaba esculpiendo la luna de verdad. Mire los cráteres, mire cómo usó el material oscuro para que pareciera que tiene profundidad. Él quería que usted tuviera una luz que pudiera tocar, una que nunca se apagara.

​En ese momento, Doña Rosa se acercó. Sus manos temblorosas, marcadas por los años y el trabajo, recorrieron por primera vez con entendimiento aquellos relieves que antes le parecían errores. Al tocar un cráter que el hijo había moldeado con tanto cuidado, rompió a llorar. No era un llanto de desesperación, sino de un alivio profundo, como si acabara de entender el mensaje que él le dejó antes de irse. Comprendió que su hijo no le había dejado un parche de cemento, sino una forma de cuidarla desde la distancia.

​—Él quería ponerle luces alrededor, Doña Rosa. Para que cuando llegara la noche y usted estuviera aquí, la luna se quedara alumbrándole el camino —le susurré.

​Pintamos la pared de un negro azabache, como el cielo más limpio de la montaña. Yo apenas usé mis pinceles para resaltar con plata lo que el muchacho ya había dejado escrito en el cemento. Cuando terminamos, la luna parecía flotar en el infinito de la sala.

​Doña Rosa se quedó sentada, mirando el brillo plateado sobre el relieve tosco. Por primera vez en mucho tiempo, su rostro se iluminó con una paz que no era de este mundo. En los barrios, las historias más grandes no siempre están en los libros; a veces se quedan grabadas en el cemento, esperando que el amor les dé el color necesario para que el cielo nunca se sienta tan lejos. 


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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domingo, 17 de mayo de 2026

Satoshi y el milagro de dar: El hallazgo de la verdadera riqueza- Rosa de la Aurora

Satoshi enseñando a hacer pajaritas de papel a niños en una escuela rural con montañas al fondo, estilo artístico de anime japonés.

Satoshi y el milagro de dar:

El hallazgo de la verdadera riqueza


Satoshi caminaba por los pasillos de mármol de su universidad como quien recorre las habitaciones de su propia casa. Para ella, el mundo era ese lugar impecable, lleno de lujos y el aroma del rico café. Nunca se había preguntado qué había más allá de las grandes verjas de hierro; en su mente, la vida era sencilla, cómoda y segura. Su felicidad era como una burbuja de cristal, dulce y tranquila, porque no conocía nada más allá de lo que tenía.

​Un mediodía, mientras descansaba en la terraza, vio algo que le llamó la atención. Una muchacha de otro grado, que vestía de forma muy sencilla, estaba de rodillas en el suelo. Satoshi se acercó con curiosidad y vio que la joven protegía con sus manos a una pequeña oruga que intentaba cruzar el camino. Con mucha ternura, la desconocida esperó hasta que el animalito estuvo a salvo en el jardín. En ese momento, Satoshi sintió que su mundo perfecto se movía; había algo hermoso en ese pequeño acto que ella no alcanzaba a comprender.

​Desde ese día, Satoshi no pudo dejar de mirar a la joven. Notaba que su cara irradiaba una alegría muy especial, una luz que ella no sentía en su propio pecho. Empezó a sentir un vacío, como si le faltara algo importante. Se acercó a la "muchacha rara" y, al hablar, la joven le contó maravillas de su hogar: un lugar en el campo rodeado de montañas verdes y aire puro. Al ver la ilusión en los ojos de Satoshi, la joven la invitó a pasar un fin de semana en su casa.

​Cuando Satoshi llegó al campo, lo primero que la envolvió fue el calor de un hogar de verdad. La familia de su amiga la recibió con los brazos abiertos. Vio a la madre de la joven secarse las manos en el delantal para darle un abrazo apretado, un abrazo que olía a leña y a hogar, y escuchó al padre reír mientras les servía un café humeante.

​Esa noche, Satoshi se quedó mirando por la ventana de su pequeña habitación. Al ver a su amiga reír con sus padres por una tontería de la cena, Satoshi sintió un nudo en la garganta que no la dejaba respirar. Recordó sus propios cumpleaños en la ciudad: pasteles caros comprados por una secretaria, la mesa larga de mármol siempre vacía y el silencio ensordecedor de su casa. Se dio cuenta de que sus padres no eran malas personas, pero estaban "muertos en vida", corriendo tras un reloj que no se detiene por nadie. Lloró en silencio, abrazando sus rodillas, al entender que había sido una "huérfana con fortuna". Sus manos, siempre cuidadas y finas, nunca habían sentido el calor de una caricia tan honesta como la que recibió al llegar a esa casa de madera.

​Con ese dolor transformado en fuerza, salió al día siguiente a conocer el entorno; se quitó los zapatos y sintió el césped fresquito bajo sus pies. Vio cómo las mariposas volaban libres sobre las flores y respiró un aire tan limpio que llenaba su espíritu. Incluso se acostó en la hierba para sentir las gotas de la lluvia en su cara, mezclándolas con sus propias lágrimas. En ese silencio verde se dio cuenta de que eso era la verdadera felicidad.

​Al volver a la ciudad, tomó una decisión valiente: se iría a vivir al campo. Habló con sus padres y, aunque ellos se enojaron mucho, ella compró una casita en la montaña. Poco a poco, sus padres fueron a visitarla; llegaban entre rezongos y refunfuños, quejándose del camino y de la falta de comodidades. Sin embargo, entre esos murmullos de descontento, la magia del campo empezó a alcanzarlos. Sin darse cuenta, fueron olvidando sus teléfonos para caminar junto al río y disfrutar de la paz. Se enamoraron tanto de esa vida que decidieron quedarse con ella.

​Satoshi, viendo que su fortuna ahora tenía un propósito, se involucró con el pueblo y notó que los niños no tenían dónde aprender. Fue entonces cuando comprendió que su dinero no era un trofeo, sino una herramienta para el bien. Mandó a construir una escuela hermosa, pero su mayor acto de caridad no fue el edificio, sino el dar su tiempo, su presencia y su corazón a quienes antes ignoraba.

​Al ver a los niños entrar a clases y al ver a sus padres sonreír sin necesidad de un reloj de oro, Satoshi sintió una plenitud que el mármol nunca le dio. Descubrió que la caridad es el lenguaje más puro de la felicidad: es el acto de vaciar nuestras manos para llenar el alma del otro, y en ese intercambio, darnos cuenta de que nosotros somos los que más recibimos. La naturaleza le había pagado su "pérdida" de la mejor manera: dándole una vida donde lo material se vuelve pequeño ante la grandeza de un corazón que se entrega a los demás.


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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miércoles, 13 de mayo de 2026

Fofito, el conejo inquieto: Un cuento infantil sobre la valentía-Rosa de la Aurora

Ilustración de un conejo blanco saltando un río para salvar a unos pequeños ratones.

Fofito, el conejo inquieto: 

Un cuento infantil sobre la valentía


Había una vez un pequeño conejo llamado Fofito, que tenía las orejas largas y los pies parecían estar llenos de resortes. Fofito no podía quedarse quieto ni un segundo; saltaba sobre los charcos, rodaba por las colinas y, sin querer, siempre terminaba enredado en los tendederos de las ardillas o derribando las torres de bellotas del bosque. Los demás animales suspiraban y decían: "¡Ay, Fofito, ten más cuidado!". Aquella situación realmente les molestaba y les tenía preocupados.

​Un día, una fuerte tormenta hizo que el río creciera tanto que inundó algunos campos y con ello, la madriguera de la familia Ratón. Los ratoncitos estaban atrapados en una rama alta y nadie se atrevía a cruzar el agua que corría con fuerza.

​Fofito, aprovechando su energía inagotable, no lo pensó dos veces. Usó su velocidad para correr por la orilla, saltó sobre troncos que flotaban y, con una pirueta valiente, llegó hasta la rama. Uno a uno, cargó a los ratoncitos sobre su lomo y regresó a tierra firme con brincos potentes y atrevidos.

Los padres de los ratoncitos estaban felices y ​al ver el gran corazón de Fofito, los animales del bosque decidieron celebrarlo con una fiesta de zanahorias que se extendió por tres días. Entendieron que sus travesuras eran solo el reflejo de un gran espíritu que, en el momento de la verdad, se convirtió en el héroe más veloz y valiente del lugar. 


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica


Dedicatoria

Todo cuanto escribo se lo dedico a mis padres, quienes me educaron a la luz de una vela, al sonido de una guitarra y escuchando los cuentos que inventaban cada noche para mí antes de dormir. Hoy mi padre no está, pero su música y legado habitan en mí, y yo lo comparto con ustedes para que siga viva la llama de amor de mis ancestros e ilumine también sus hogares.

 

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lunes, 4 de mayo de 2026

El reflejo de la entrega: Una historia de amor y superación-Rosa de la Aurora

Una mujer con síndrome de Down lima suavemente las uñas de su madre anciana sentadas ambas en sillas de madera en el porche de una casa rústica de color turquesa en Costa Rica Un gato duerme a sus pies La escena transmite ternura y cuidado


El reflejo de la entrega  

​Aún veo a esa niña menuda de pasos lentos, corriendo por el patio con una risa que no conocía de malicia. La veo con su uniforme impecable, cargando una mochila llena de cuadernos que, a veces, pesaban más que sus propias fuerzas. Recuerdo los días en que la escuela se volvía para ella un bosque de sombras; los pupitres donde el sueño la vencía y las risas ajenas, esas que nacen de la incomprensión a su discapacidad cognitiva, intentaban apagar su luz. Repitió inviernos y lecciones, soportando el eco del acoso con una paciencia que solo los ángeles poseen.

​Pero el tiempo, ese escultor silencioso, la ha transformado.

​Hoy, la observo desde mi ventana. Está sentada en el marco de la puerta de su cocina, bañada por la luz mansa de la tarde. No hay rastro de aquella niña herida; en su lugar, hay una mujer cuya valentía no necesita de gritos para ser escuchada. Con una delicadeza infinita, sostiene entre sus manos las manos de su madre —ahora cansadas, ahora perdidas en los laberintos de la memoria—. Con un gesto lleno de ternura, le acomoda el cabello o le ajusta el abrigo, cuidando cada detalle con una devoción que estremece.

Una mujer con síndrome de Down lima suavemente las uñas de su madre anciana sentadas ambas en sillas de madera en el porche de una casa rústica de color turquesa en Costa Rica Un gato duerme a sus pies La escena transmite ternura y cuidado

​Es ella quien sostiene el hogar. Ella, que fue señalada por "no entender", es la que mejor ha comprendido el lenguaje del amor más puro. Mientras el mundo corre de prisa, ella se detiene a bañar a su madre, a alimentarla, a ser su brújula en medio de la demencia.

​Siento una profunda admiración al verla. Me pregunto cuántos, con todos sus sentidos supuestamente intactos, serían capaces de entregarse así, sin quejas, convirtiendo el sacrificio en una danza cotidiana de paz. Ella no solo salió adelante; ella se convirtió en el faro de una casa que, sin su luz, estaría a oscuras.


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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lunes, 20 de abril de 2026

El libro en blanco: Cuento infantil sensorial-Rosa de la Aurora


niño campesino con mostrando un libro artesanal con texturas de barro y plumas a su familia y a un escritor frente a una casa humilde de madera  rosa de la aurora

 El libro en blanco


A Jorgito le encantaba jugar con los pájaros. Cada mañana, saltaba de su cama con unas ganas enormes de comerse el mundo, listo para vivir todas las aventuras que se le ocurrieran en su cabecita de ocho años.

​Un día, llegó de visita un viejo amigo de su papá. Un señor que se veía muy bien, con un sombrero elegante y una forma de hablar que te dejaba embobado. Era un escritor que vivía en la ciudad, pero que de vez en cuando volvía al pueblo porque decía que ahí estaba su raíz y lo que más quería en la vida.

​Jorgito no le quitaba los ojos de encima. No quería perderse ni un detalle de aquel señor tan diferente. Don Antonio, al ver los ojos tan brillantes y llenos de vida del niño, sintió algo muy tierno en el pecho. Mientras hablaba con el papá, pensaba para sus adentros que ese chiquito se parecía mucho a él cuando era niño. Por eso, antes de irse, sacó uno de sus libros de anotaciones y se lo regaló a Jorgito.

​El niño estaba que no cabía de la alegría. Nunca había tenido un libro entre sus manos, porque en ese lugar la escuela quedaba muy lejos y sus papás, que eran granjeros, pasaban todo el día trabajando duro en el campo con los animales y las siembras.

​Como Jorgito no sabía leer ni escribir, se quedó mirando las hojas blancas, tan limpias y lisas. Entonces, se le ocurrió una idea hermosa: si el libro no tenía letras, él lo llenaría con las cosas que podía sentir.

​Empezó a guardar sus tesoros entre las páginas:

​Puso una pluma suave que se encontró por ahí, guardó una flor seca que olía a campo después de la lluvia, pegó un poquito de lana de una de las ovejas y hasta dejó una mancha de barro de un día que se cayó, porque eso también era parte de su historia.

​Pasó el tiempo y el escritor volvió de visita. Los papás, con un poquito de tristeza, le dijeron:

—Don Antonio, perdone al muchacho, pero su libro lo llenó de manchas y de hojas  secas . No aprendió a escribir ni una palabra.

​El escritor no dijo nada. Llamó a Jorgito y le pidió que le "leyera" su libro frente a sus padres. El niño, con una sonrisa de oreja a oreja, empezó a pasar las páginas y a cerrar los ojos:

​—Aquí —dijo tocando la mancha de barro— es cuando papá me enseñó a sembrar y me tropecé. Me dolió mucho y  me puse a llorar, pero papá soltó la pala, me levantó en sus brazos, me sacudió la tierra mientras me decía con una voz muy dulce "No pasa nada, no se me achicopale que a veces hay que besar la tierra para que nos dé de comer". Luego, tocando la lana continuó: -Aquí es cuando mamá me dio un abrazo tan fuerte que sentí que nunca iba a tener frío. Y aquí —acariciando la pluma— es cuando aprendí que aunque somos pequeños, podríamos volar muy alto.

​Los padres se quedaron mudos. Se dieron cuenta de que cada mancha y cada objeto no eran basura, sino las huellas de su propio amor y de sus enseñanzas grabadas en el alma del niño. El escritor solo sonrió y les dijo:

​—Ya ven. Él no necesita letras para saber quién es. Él es el libro, y ustedes son los autores. Asegúrense de que lo que escriban en él cada día siga siendo algo tan bonito como esto.

Moraleja

​Un niño es un libro en blanco que no se llena con tinta, 

sino con momentos. 

No te preocupes tanto por lo que aprende en los libros de papel, 

y cuida más lo que escribes cada día en su memoria, 

porque esos son los versos que lo guiarán toda la vida.


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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lunes, 13 de abril de 2026

El peso del abandono y el lienzo del perdón-Rosa de la Aurora


Julián de poemas del Alma Rosi llorando frente a la pintura la casa del silencio en una plaza de San José Costa Rica. El cuadro muestra la casa sin puerta de Elena simbolizando el arrepentimiento y el abandono.

 El lienzo del olvido


La casa no siempre fue una ruina. Alguna vez tuvo el aroma del pan de maíz y el color de las flores de azahar. Pero el día que Julián se marchó a la ciudad, persiguiendo promesas de cristal y asfalto, el tiempo se detuvo en la entrada. Elena, que entonces aún tenía fuerza en los brazos, vio cómo la puerta se henchía de humedad y tristeza, hasta que un día las bisagras cedieron y la entrada quedó abierta, como una herida que no cierra.

​Los años pasaron. Elena se volvió pequeña y frágil, mientras las paredes de la casa se descascaraban como piel vieja. Sin puerta que la protegiera del frío y de las sombras que acechan en el monte, encontró refugio en el sótano: un hueco húmedo bajo los tablones del salón donde guardaba el eco de sus recuerdos. Allí, entre el miedo a los ruidos de la noche y el frío de la tierra, pasaba las horas rezando, esperando un regreso que no llegaba.

​Un atardecer, un pintor viajero pasó por el camino. Al ver la estructura colapsada, la ausencia de la puerta y la luz dorada filtrándose entre las vigas rotas, quedó enamorado. No vio el hambre, ni el abandono; vio "arte". Instaló su caballete y pintó "La Casa del Silencio", una obra maestra de texturas grises y luces melancólicas.

​Meses después, en una plaza lujosa de la gran ciudad, el cuadro fue expuesto. Julián, que ahora vestía de seda pero sentía el alma hueca, se detuvo ante el lienzo. Sus rodillas temblaron. Reconoció la caída del techo, la forma de la ventana... y aquel vacío oscuro donde debería estar la puerta. El cuadro no era arte para él; era un retazo de su propia alma.

Julián de poemas del Alma Rosi llorando frente a la pintura la casa del silencio en una plaza de San José Costa Rica. El cuadro muestra la casa sin puerta de Elena simbolizando el arrepentimiento y el abandono.

​Esa misma noche, mientras Julián conducía desesperado de regreso, un tornado furioso atravesaba el pueblo. El viento, como una bestia invisible, arrancó lo poco que quedaba del tejado de la vieja casa.

​Cuando Julián llegó al amanecer, solo encontró un esqueleto de madera y barro. El silencio era absoluto. Desesperado, gritó el nombre de su madre entre los escombros, removiendo maderas podridas y vidrios rotos. Nadie en los alrededores sabía de ella; la daban por perdida entre la maleza.

​Julián cayó de rodillas sobre el suelo del salón, justo donde el cuadro del pintor mostraba el vacío. Sus lágrimas mojaron la madera rota. Entonces, entre sus sollozos, escuchó un arañazo. Un gemido débil, casi un susurro de ratón, provenía de sus pies.

​Con una fuerza nacida del arrepentimiento, Julián tiró de una argolla oxidada oculta bajo los restos de una alfombra. Al levantar la pesada puerta del sótano, la luz del sol iluminó el rostro de Elena. Estaba allí, acurrucada, temblorosa y atrapada por los escombros que el viento había amontonado sobre la entrada.

​—¿Eres tú, hijo? —susurró ella, estirando una mano que parecía papel de seda.

​Julián la sacó de la oscuridad, envolviéndola en un abrazo que intentaba reparar años de ausencia. Lloraron juntos bajo el cielo abierto, donde antes hubo un techo. Esa mañana, Julián entendió que ninguna ciudad era más grande que el perdón de una madre, y juró que, a partir de ese día, su casa volvería a tener puertas, pero que ninguna volvería a cerrarse para dejarla fuera.


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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