La luna del silencio:
El lenguaje de lo invisible
En mi barrio las casas siempre están cambiando. Un
día alguien pinta una fachada, otro día levantan una tapia o pegan piso nuevo.
Pero en la casa de Doña Rosa había una pared que se había quedado detenida en
el tiempo. Ella me mandó a llamar una tarde; sabía que yo siempre andaba entre
pinceles, y necesitaba que la ayudara con algo que para ella era sagrado.
Cuando entré a la casa, vi que una parte estaba
recién remodelada; olía a pintura fresca y a limpio. Pero en una de las paredes
principales, justo en el centro, había un parche de cemento gris, tosco y sin
pulir, que no cuadraba con el orden del resto. Doña Rosa se quedó mirando ese
rincón con los ojos nublados y me dijo:
—Vea, esto lo estaba haciendo mi hijo días antes
del accidente. Él me decía que me estaba preparando una sorpresa, que me iba a
traer un pedacito de cielo a la casa... y me dejó esta luna pegada aquí.
Era una luna de cemento, hecha a puro pulso. Doña
Rosa me confesó, casi con vergüenza, que la veía "rara". Ella estaba
acostumbrada a ver las lunas de los almanaques, redonditas y planas. En cambio,
esta tenía huecos, bultos y una textura carrasposa que a ella le parecía
extraña. Los albañiles que hicieron la remodelación le rogaron que la dejara
quitar para que la pared quedara "perfecta", pero ella se les paró en
seco. Esa luna era lo último que las manos de su hijo habían tocado antes de
que aquel accidente de tránsito se lo llevara para siempre. Era su última
huella.
Al acercarme y tocar el relieve áspero, sentí un escalofrío. El muchacho no había pegado cemento por pegar. Al pasar mis dedos por las grietas, comprendí su genio: había usado cemento gris oscuro para las sombras de los cráteres y un repello más claro para dar los toques de luz. Estaba reproduciendo la cara real de la luna, con sus valles y sus montañas de polvo. No era un adorno, era una escultura técnica hecha con puro amor.
—Doña Rosa —le dije, y se me quebró un poco la
voz—, su hijo no estaba haciendo un dibujo cualquiera. Él le estaba esculpiendo
la luna de verdad. Mire los cráteres, mire cómo usó el material oscuro para que
pareciera que tiene profundidad. Él quería que usted tuviera una luz que
pudiera tocar, una que nunca se apagara.
En ese momento, Doña Rosa se acercó. Sus manos
temblorosas, marcadas por los años y el trabajo, recorrieron por primera vez
con entendimiento aquellos relieves que antes le parecían errores. Al tocar un
cráter que el hijo había moldeado con tanto cuidado, rompió a llorar. No era un
llanto de desesperación, sino de un alivio profundo, como si acabara de
entender el mensaje que él le dejó antes de irse. Comprendió que su hijo no le
había dejado un parche de cemento, sino una forma de cuidarla desde la distancia.
—Él quería ponerle luces alrededor, Doña Rosa. Para
que cuando llegara la noche y usted estuviera aquí, la luna se quedara
alumbrándole el camino —le susurré.
Pintamos la pared de un negro azabache, como el
cielo más limpio de la montaña. Yo apenas usé mis pinceles para resaltar con
plata lo que el muchacho ya había dejado escrito en el cemento. Cuando
terminamos, la luna parecía flotar en el infinito de la sala.
Doña Rosa se quedó sentada, mirando el brillo plateado sobre el relieve tosco. Por primera vez en mucho tiempo, su rostro se iluminó con una paz que no era de este mundo. En los barrios, las historias más grandes no siempre están en los libros; a veces se quedan grabadas en el cemento, esperando que el amor les dé el color necesario para que el cielo nunca se sienta tan lejos.
Escrito por: Rosa de la Aurora
Costa Rica
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