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domingo, 24 de mayo de 2026

La luna del silencio: El lenguaje de lo invisible-Rosa de la Aurora

imagen de una luna de cemento en la pared para representar el cuento la luna del silencio de Rosa de la Aurora

La luna del silencio: 

El lenguaje de lo invisible


En mi barrio las casas siempre están cambiando. Un día alguien pinta una fachada, otro día levantan una tapia o pegan piso nuevo. Pero en la casa de Doña Rosa había una pared que se había quedado detenida en el tiempo. Ella me mandó a llamar una tarde; sabía que yo siempre andaba entre pinceles, y necesitaba que la ayudara con algo que para ella era sagrado.

​Cuando entré a la casa, vi que una parte estaba recién remodelada; olía a pintura fresca y a limpio. Pero en una de las paredes principales, justo en el centro, había un parche de cemento gris, tosco y sin pulir, que no cuadraba con el orden del resto. Doña Rosa se quedó mirando ese rincón con los ojos nublados y me dijo:

​—Vea, esto lo estaba haciendo mi hijo días antes del accidente. Él me decía que me estaba preparando una sorpresa, que me iba a traer un pedacito de cielo a la casa... y me dejó esta luna pegada aquí.

​Era una luna de cemento, hecha a puro pulso. Doña Rosa me confesó, casi con vergüenza, que la veía "rara". Ella estaba acostumbrada a ver las lunas de los almanaques, redonditas y planas. En cambio, esta tenía huecos, bultos y una textura carrasposa que a ella le parecía extraña. Los albañiles que hicieron la remodelación le rogaron que la dejara quitar para que la pared quedara "perfecta", pero ella se les paró en seco. Esa luna era lo último que las manos de su hijo habían tocado antes de que aquel accidente de tránsito se lo llevara para siempre. Era su última huella.

​Al acercarme y tocar el relieve áspero, sentí un escalofrío. El muchacho no había pegado cemento por pegar. Al pasar mis dedos por las grietas, comprendí su genio: había usado cemento gris oscuro para las sombras de los cráteres y un repello más claro para dar los toques de luz. Estaba reproduciendo la cara real de la luna, con sus valles y sus montañas de polvo. No era un adorno, era una escultura técnica hecha con puro amor.

​—Doña Rosa —le dije, y se me quebró un poco la voz—, su hijo no estaba haciendo un dibujo cualquiera. Él le estaba esculpiendo la luna de verdad. Mire los cráteres, mire cómo usó el material oscuro para que pareciera que tiene profundidad. Él quería que usted tuviera una luz que pudiera tocar, una que nunca se apagara.

​En ese momento, Doña Rosa se acercó. Sus manos temblorosas, marcadas por los años y el trabajo, recorrieron por primera vez con entendimiento aquellos relieves que antes le parecían errores. Al tocar un cráter que el hijo había moldeado con tanto cuidado, rompió a llorar. No era un llanto de desesperación, sino de un alivio profundo, como si acabara de entender el mensaje que él le dejó antes de irse. Comprendió que su hijo no le había dejado un parche de cemento, sino una forma de cuidarla desde la distancia.

​—Él quería ponerle luces alrededor, Doña Rosa. Para que cuando llegara la noche y usted estuviera aquí, la luna se quedara alumbrándole el camino —le susurré.

​Pintamos la pared de un negro azabache, como el cielo más limpio de la montaña. Yo apenas usé mis pinceles para resaltar con plata lo que el muchacho ya había dejado escrito en el cemento. Cuando terminamos, la luna parecía flotar en el infinito de la sala.

​Doña Rosa se quedó sentada, mirando el brillo plateado sobre el relieve tosco. Por primera vez en mucho tiempo, su rostro se iluminó con una paz que no era de este mundo. En los barrios, las historias más grandes no siempre están en los libros; a veces se quedan grabadas en el cemento, esperando que el amor les dé el color necesario para que el cielo nunca se sienta tan lejos. 


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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