Alguien te espera
Hay lugares hermosos, pero que se sienten extraños. Se nota en el aire apenas uno entra por la puerta; una sensación diferente, como si el espacio estuviera lleno de miradas que no se ven, pero que me erizaban la piel. Acepté el trabajo de cuidar la vieja propiedad durante la temporada de lluvias porque buscaba paz. Pensé que el silencio de la montaña me vendría bien para descansar, pero pronto comprendí que en esa casa el silencio nunca estaba realmente vacío.
Las primeras semanas transcurrieron entre el ruido de la madera provocado por el viento y el agua chocando contra los vidrios, pero pronto las cosas empezaron a cambiar. A veces, al recorrer los pasillos por la tarde, encontraba las ventanas de las habitaciones del fondo abiertas de par en par. Eran cuartos cerrados cuyas llaves solo yo cargaba en el llavero. Los cerraba con cuidado, sintiendo un frío helado en los dedos, solo para regresar al día siguiente y encontrar los picaportes cedidos, como si alguien insistiera en dejar entrar la neblina.
Luego vino lo de los cristales. Una mañana, al entrar al baño, encontré un montón de vidrio quebrado en la pila del lavatorio. Eran restos de un bombillo. Lo curioso, lo que me puso los pelos de punta, fue ver lo juntitos que estaban los pedazos, bien acomodados en el fondo. El portalámparas del techo estaba sano y, además, quedaba como a un metro de distancia. No había forma de que los vidrios cayeran ahí por accidente. Era como si alguien los hubiera recogido uno a uno en la oscuridad para dejarlos ahí, como un aviso de que no estaba solo.
La vibra se volvió insoportable. Los pocos viajeros que se quedaban a pasar la noche por las tormentas del camino no lograban aguantar hasta el amanecer. Algunos afirmaban haber visto a una niña pequeña y rubia, vestida de blanco, jugando sobre los portones de las cercas que rodeaban el lugar; y por la noche, esta niña entraba a sus sueños y se convertía en un infernal caballo negro que los atacaba con sus cascos y los perseguía. Recuerdo una pareja que bajó corriendo antes de que saliera el sol, pálidos y con las maletas a medio cerrar. Dijeron que el aire del cuarto los ahogaba y que en la madrugada sintieron que la cama se despegaba del suelo, subiendo con fuerza hasta pegar contra el techo. Se marcharon bajo el aguacero; prefirieron la tormenta antes que quedarse un minuto más en ese cuarto.
Pero lo más espeluznante me tocó vivirlo a mí. Una noche que me quedé completamente solo, me acosté intentando apagar la mente, escuchando el agua caer, que ya de por sí sonaba como miles de cantos de una mujer en la distancia. Cuando por fin me estaba durmiendo, caí en una pesadilla horrible, de esas que te atrapan el cuerpo. Soñé con una mujer muy flaca, de dedos larguísimos, que abría las puertas despacio y metía sus largas uñas en la oscuridad de mi cuarto, buscándome. Me desperté de golpe sudando frío, con el corazón queriéndose salir del pecho.
Fue ahí cuando el verdadero terror me congeló. En el pasillo, fuera de mi puerta, se escucharon unos pasos claros y pesados que avanzaban sin prisa sobre la madera. Venían hacia mí. Entraron a la habitación y caminaron directo hasta detenerse exactamente a la par de mi cama. El aire se volvió tan helado que me dolió respirar. Sentí la presencia viva, el calor ajeno de alguien de pie agachándose sobre mí en la penumbra. Era una sensación tan real y perturbadora que se me erizó la piel por completo y se me cortó la respiración.
Me armé de valor y abrí los ojos en medio de la oscuridad. No había nadie. El cuarto estaba vacío, pero la presencia seguía ahí, flotando a la par mía, mirándome fijamente. El miedo me caló hasta los huesos porque supe, sin ninguna duda, que aquella sombra me vigilaba desde el silencio, esperando que volviera a cerrar los ojos.
Escrito por: Rosa de la Aurora
Costa Rica
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