Cuento
El regalo inesperado del zorro
Había en el bosque una gran algarabía. Las conejitas con sus trajes blancos recolectaban hermosas flores por los campos para la exquisita decoración, y se respiraba un aire con deliciosos aromas a hierbas frescas y vegetales recolectados de la reciente cosecha. En abril, el manto de las praderas parece un hermoso vestido de novia, y los cantos de las aves son el regocijo perfecto para empezar la celebración. Sí, y si es para Mamá Fresia, la guacamaya, siempre todo debía estar perfecto y más aún si se trataba de su cumpleaños.
Eran las ocho de la mañana y el movimiento parecía un gran hormiguero con los preparativos. Guirnaldas por aquí, globos por allá; todos iban y venían mientras Mamá Fresia supervisaba cada detalle sin escrúpulos. Casi todo estaba a pedir de boca cuando, de pronto, se dio cuenta de que había cometido un gran error. Revisando de arriba abajo la lista de invitados, reparó en un gran detalle: uno de los invitados no era de su agrado, y estaba muy enfadada con tan terrible equivocación. Por lo que mandó a llamar a los encargados y les dio una tremenda reprimenda pidiendo que repararan el inconveniente, argumentando que el Zorro era un bandido capaz de robarse todo el juego de cubiertos de plata. Pero lo que no quería reconocer Tía Fresia era que simplemente no le agradaba porque, según su concepto, el Zorro no se bañaba y por ello siempre olía desagradable y vestía ropas tristes que, para ella, eran harapos comparados con su hermoso plumaje colorido.
Los encargados se reunieron para ver si había alguna solución para reparar el inconveniente y hacer feliz a Tía Fresia, pero ya era muy tarde: las carrozas empezaron a llegar con los invitados y pronto el Zorro también estaría allí. No podían hacer un escándalo delante de los invitados, así que planearon decirle que les faltaba personal y que poniéndose el traje de saco y corbata que ellos estaban obligados a usar, les hiciera el favor de ayudarles.
El Zorro llegó sin tardanza y los organizadores le salieron al encuentro llevándolo por la puerta de la cocina y, como el Zorro era de raíces humildes, al ver la necesidad y urgencia que tenían de un ayudante, aceptó. Se puso el traje de gala y quedó convertido en todo un galán que ni él mismo se reconocía.
La fiesta transcurrió sin problemas, hermosa y pomposa como Tía Fresia la había planeado. Pero llegó la hora de los regalos y allí los organizadores se preocuparon: pero ¿qué iba a tener el Zorro para regalarse? Se dijeron a sí mismos, si ni un traje podría comprar. Así que dejaron que la entrega continuara. El Elefante, con su gran fuerza, había arrancado un enorme árbol para que Tía Fresia decorara su jardín. El Oso Hormiguero traía la más exquisita miel hecha con hormigas para que Tía Fresia pusiera en sus tostadas, y varios pájaros habían tejido con sus picos un precioso chal de flores y perlas del río que hacían un hermoso contraste con sus plumas. Y así, uno por uno fue dejando su maravilloso regalo al pie de Tía Fresia. Pero de pronto el Zorro dio un paso al frente y dijo con dulce voz:
— Tía Fresia, yo también tengo un regalo para usted. No he traído cosas como los demás, pero tengo una verdad. Tía Fresia, le he traído el regalo de la gratitud. He trabajado todo el día sirviendo a sus invitados con alegría, porque verla feliz es el mejor banquete para un vecino. Mi regalo es este traje que visto: hoy no soy el zorro que usted temía, sino el amigo que la cuidó desde la cocina para que nada empañara su brillo.
Tía Fresia se miró en los ojos brillantes del Zorro y, por primera vez, se sintió pequeña a pesar de su gran plumaje. Comprendió que el perfume más caro es el del servicio y que el mejor traje es la honestidad. Ese día, el Zorro no había robado cubiertos de plata; se había robado el respeto de todos en el bosque.
Y así, la fiesta de abril no se recuerda por los globos ni las guirnaldas, sino porque en el bosque aprendieron que el corazón no sabe de harapos ni de linajes, solo de la dulce fragancia del respeto.
Escrito por: Rosa de la Aurora
Costa Rica
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Veo que con un relato supiste mostrar la manera en que los prejuicios no permiten ver los hechos reales y al mismo tiempo demuestras que los buenos actos modifican lo injusto. Es importante tener nobleza ante el desprecio. Tu relato deja una conclusión clara, el valor no está en las apariencias.
ResponderEliminarUn cuento de fina sensibilidad.
Va mi abrazo desde el sur del mundo.
Muchas gracias, Valdo, por tus profundas palabras. Me alegra mucho saber que el mensaje de nobleza y superación de prejuicios llegó a tu corazón. Escribir para niños (y para el niño que todos llevamos dentro) con esa 'fina sensibilidad' que mencionas es mi mayor propósito. Te envío un abrazo cálido y lleno de luz de vuelta, hasta el sur del mundo.
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