Cuento
El
lindero seco
Había una vez tres hermanos que heredaron una pequeña finca en la falda de un cerro. Juan el mayor, tenía brazos como troncos de encino; no había matorral que se le resistiera ni poste que no pudiera clavar. Pedro, el segundo, era de mente rápida; Llevaba las cuentas en un cuaderno viejo y sabía exactamente cuántas semillas se necesitaban para que la cosecha no fallara.
Y luego estaba Nacho, el menor. Nacho no era bueno ni con el hacha ni con los números; se quedaba mirando cómo las hormigas cargaban sus hojas o cómo el sol cambiaba de color al chocar con el rocío. Sus hermanos lo veían como una carga y siempre lo regañaban por todo. El mundo no se mantiene con miradas, Nachito, le decía Juan. La vida es del que trabaja, no del que contempla, añadía Pedro.
Un día, estaban todos en sus ocupaciones cuando se dieron cuenta de que el camino principal que conectaba su finca con el pueblo había sido bloqueado por un vecino nuevo. El hombre reclamaba que sus linderos no habían sido respetados y que el camino era ilegal. Mientras se aclaraba el asunto, lo cual tomaría su tiempo, el viejo huraño llamado Don Arisco levantó una cerca de espinos y se sentó en la entrada con cara de pocos amigos, impidiendo que los hermanos pasaran con su carreta a vender sus productos.
-
No- dijo Pedro- iremos al juzgado. Le
demostraremos con papeles que este camino es público y lo obligaremos a pagar
una multa.
Pero Juan estaba tan furioso que no escuchó a su hermano y
se fue decidido a entrarle a los golpes si así tenía que hacerlo. Sus gritos se
escuchaban desde lejos, lleno de insultos e improperios; por lo que Don Arisco,
lejos de asustarse, sacó un perro igual de amargado que él. Una vez solucionado
este percance, se dispuso a reforzar la cerca con muchos más espinos.
Entonces Pedro de armó de valor y, en plan de diplomático,
llegó reclamando derechos con gritos de justicia y amenazas de leyes. El viejo
ni siquiera movió los labios; simplemente bajó el volumen a su dispositivo
auditivo y lo ignoró.
Los hermanos estaban atrapados: sin ventas, la comida
empezaba a escasear y el rencor crecía en la casa como la espuma.
Una tarde, pensativo y sin avisar, Nacho se acercó a la
cerca. No llevaba hachas ni papeles. Llevaba un banquito y se sentó a una
distancia prudente. Sus hermanos lo miraban desde lejos burlándose.
¿Qué vas a hacer Nacho?
¿Le vas a dedicar un poema?
Le gritaban.
Nacho no dijo nada por horas. Solo observó.
Notó que Don Arisco cojeaba de la pierna derecha. Vio que el
jardín viejo estaba seco, no por descuido, sino porque el pozo del hombre se
había derrumbado, así como una parte del techo de su casa que también empezaba
a tocar el suelo. Se dio cuenta de que el hombre no era malo, sino que estaba
roto.
Al tercer día, Nacho habló:
-Don Arisco, mi hermano Juan es muy fuerte y podría
arreglarle ese pozo en una mañana y luego su techo al siguiente día. Mi hermano Pedro sabe de riego y podría hacer
que sus flores vuelvan a abrirse y decorar este hermoso lugar con exuberante
belleza.
El viejo lo miró con desconfianza, pero Nacho no tenía
juicio en los ojos, no tenía prisa ni gritos, solo una calma que invitaba a la
paz.
¿Y por qué habrían de ayudarme esos dos, que solo saben
gritar?- preguntó el viejo.
-Porque ellos no ven que
usted tiene sed- respondió Nacho suavemente-, Yo si lo veo.
Las palabras de Nacho
abrieron el candado que ninguna fuerza pudo romper. Don Arisco bajó la guardia.
Juan y Pedro, avergonzados al entender que su soberbia los había cegado,
trabajaron duro para ayudar al vecino. El viejo que en el fondo era bueno, no
solo abrió el camino, sino que se convirtió en su mejor aliado.
Los hermanos mayores
comprendieron que, aunque ellos sabían trabajar la tierra y las leyes, Nacho
sabía trabajar el alma.
Moraleja:
La fuerza puede derribar muros
y la inteligencia puede medirlos
pero solo la sensibilidad
es capaz de
convertirlos en puentes.
Escrito por: Rosa de la Aurora
Costa Rica
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