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miércoles, 8 de abril de 2026

El lindero seco: Cuento sobre la sensibilidad y la empatía-Rosa de la Aurora

 

imagen ilustrativa de un camino con tunas llenas de espinos representando la sequía del alma y el egoísmo para el cuento el lindero seco de rosa de la aurora

Cuento

El lindero seco

 

Había una vez tres hermanos que heredaron una pequeña finca en la falda de un cerro. Juan el mayor, tenía brazos como troncos de encino; no había matorral que se le resistiera ni poste que no pudiera clavar. Pedro, el segundo, era de mente rápida; Llevaba las cuentas en un cuaderno viejo y sabía exactamente cuántas semillas se necesitaban para que la cosecha no fallara.


Y  luego estaba Nacho,  el menor. Nacho no era bueno ni con el hacha ni con los números; se quedaba mirando cómo las hormigas cargaban sus hojas o cómo el sol cambiaba de color al chocar con el rocío. Sus hermanos lo veían como una carga y siempre lo regañaban por todo. El mundo no se mantiene con miradas, Nachito, le decía Juan. La vida es del que trabaja, no del que contempla, añadía Pedro.


Un día, estaban todos en sus ocupaciones cuando se dieron cuenta de que el camino principal  que conectaba su finca con el pueblo había sido bloqueado por un vecino nuevo. El hombre reclamaba que sus linderos no habían sido respetados y que el camino era ilegal. Mientras se aclaraba el asunto, lo cual tomaría su tiempo, el viejo huraño llamado Don Arisco levantó una cerca de espinos y se sentó en la entrada con cara de pocos amigos, impidiendo que los hermanos pasaran con su carreta a vender sus productos.

-          Yo iré a  botar esa cerca- dijo Juan, apretando los puños.
- Nadie tiene derecho a cerrarnos el paso.

-          No- dijo Pedro- iremos al juzgado. Le demostraremos con papeles que este camino es público y lo obligaremos a pagar una multa.

 

Pero Juan estaba tan furioso que no escuchó a su hermano y se fue decidido a entrarle a los golpes si así tenía que hacerlo. Sus gritos se escuchaban desde lejos, lleno de insultos e improperios; por lo que Don Arisco, lejos de asustarse, sacó un perro igual de amargado que él. Una vez solucionado este percance, se dispuso a reforzar la cerca con muchos más espinos.

 

Entonces Pedro de armó de valor y, en plan de diplomático, llegó reclamando derechos con gritos de justicia y amenazas de leyes. El viejo ni siquiera movió los labios; simplemente bajó el volumen a su dispositivo auditivo y lo ignoró.

 

Los hermanos estaban atrapados: sin ventas, la comida empezaba a escasear y el rencor crecía en la casa como la espuma.

 

Una tarde, pensativo y sin avisar, Nacho se acercó a la cerca. No llevaba hachas ni papeles. Llevaba un banquito y se sentó a una distancia prudente. Sus hermanos lo miraban desde lejos burlándose.

¿Qué vas a hacer Nacho?

 ¿Le vas a dedicar un poema?

Le gritaban.

Nacho no dijo nada por horas. Solo observó.

Notó que Don Arisco cojeaba de la pierna derecha. Vio que el jardín viejo estaba seco, no por descuido, sino porque el pozo del hombre se había derrumbado, así como una parte del techo de su casa que también empezaba a tocar el suelo. Se dio cuenta de que el hombre no era malo, sino que estaba roto.

 

Al tercer día, Nacho habló:

-Don Arisco, mi hermano Juan es muy fuerte y podría arreglarle ese pozo en una mañana y luego su techo al siguiente día. Mi  hermano Pedro sabe de riego y podría hacer que sus flores vuelvan a abrirse y decorar este hermoso lugar con exuberante belleza.

 

El viejo lo miró con desconfianza, pero Nacho no tenía juicio en los ojos, no tenía prisa ni gritos, solo una calma que invitaba a la paz.

¿Y por qué habrían de ayudarme esos dos, que solo saben gritar?- preguntó el viejo.

-Porque ellos no ven que usted tiene sed- respondió Nacho suavemente-, Yo si lo veo.

 

Las palabras de Nacho abrieron el candado que ninguna fuerza pudo romper. Don Arisco bajó la guardia. Juan y Pedro, avergonzados al entender que su soberbia los había cegado, trabajaron duro para ayudar al vecino. El viejo que en el fondo era bueno, no solo abrió el camino, sino que se convirtió en su mejor aliado.

 

Los hermanos mayores comprendieron que, aunque ellos sabían trabajar la tierra y las leyes, Nacho sabía trabajar el alma.

 

Moraleja: 

La fuerza puede derribar muros 

y la inteligencia puede medirlos 

pero solo la sensibilidad 

es capaz de convertirlos en puentes.


Escrito por: Rosa de la Aurora

Costa Rica

 

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