¿Qué hacer? La vergüenza la aterraba. ¿Cómo enfrentaría lo que acababa de hacer? Su mejor amigo se había marchado a otro país porque le había advertido que no soportaría la desilusión. Ahora se sentía sola. Caminó mar adentro, dejándose llevar. No sabía nadar y pronto se ahogaría, pensaba, mientras el agua la envolvía y su vida pasaba por su memoria.
Intentó salir, pero no pudo. El agua era invencible para un cuerpo con un vestido mojado que pesaba demasiado. De pronto, en su inconsciencia, creyó que sería el final. Algo la elevaba. Unas manos salidas de la nada la tomaron por la cintura y, como una muñeca rebelde, la llevaron a la orilla.
Cuando al fin tomó conciencia, lo primero que vio fueron unos ojos bañados en lágrimas que daban gracias a Dios por su vida y unos dulces labios que la besaban en la frente. Su amigo de infancia estaba allí. Él no pudo abordar el avión; el amor era demasiado fuerte para dejarla.
— ¡Perdóname por favor! —exclamó ella— No me había dado cuenta, pero te amo. Siempre te amé y no podría vivir sin ti.
Él, con una sonrisa y los ojos brillantes de felicidad, la abrazó:
— Ya habrá tiempo para eso, mi amor, lo importante es que estás bien.
Se besaron hasta el cansancio y, montando a caballo, la llevó a casa. Sus padres comprendieron la razón; el novio la engañaba y el escándalo desapareció en la verdad del amor puro. Meses después, los mejores amigos se casaron en una boda discreta, logrando una vida llena de amor y prosperidad
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